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miércoles, 1 de abril de 2020

Capítulos uno y dos


ENRIC MERCADER

Hace sesenta días que Enric vive con la única compañía de Jack.  Sesenta días desde que entre sollozos suplicó que no lo dejaras.  Sesenta días desde que llorando y moqueando se arrodilló tras de ti, arañando tus piernas, tratando de evitar tu huida, tratando de quebrar tu firme resolución de largarte a la Comuna de los Neojemeres Ocres y abandonar el triste corazón de Enric a su suerte.

Cada amanecer, por mucho que le estalle la cabeza, por mucho que no pueda apenas mover la lengua ni despegar los labios resecos, se acerca hasta el calendario subversivo que dejaste abandonado y tacha un día como si tachara un trocito de su alma.  Sesenta tachaduras.  Sesenta intoxicaciones alcohólicas que le han hecho perder el sentido.  Sesenta rotos del alma.  Sesenta gritos desesperados sin respuesta.

Los primeros días albergaba la absurda esperanza de que volverías suplicante a sus brazos y, él, en un acto insólito de magnanimidad, te contestaría que no suplicaras, que para él nunca había sucedido nada, que por su parte jamás de los jamases volvería a mencionar nada de lo ocurrido y que volveríais a retomar vuestra vida en el punto exacto en que se resquebrajó.  Volverías a despertarla por las mañanas con un beso sonriente y de aliento pesado.  Volveríais a dar largos paseos acompañados de esos cómodos silencios que sólo los grandes amantes saben mantener.  Volveríais a hablar de vuestras hijas, de vuestras esperanzas depositadas en ellas, de cómo estaban creciendo y lo listas que eran.  De los quebraderos de cabeza que os esperaban en una doble adolescencia que las acometería en unos pocos años.  Volveríais por la noche a acurrucaros bajo las mantas mientras el sueño os vencía entre suaves caricias.

Esa esperanza se desvaneció, para Enric, el segundo día, cuando sonó el teléfono y no eras tú.  Era el director del instituto, desesperado porque Enric no había acudido a sus clases de física y química y ya no sabía qué hacer con los alumnos. 

—   Con lo importante que se ha vuelto la física y la química en los tiempos que corren.  Que no te das cuenta, Enric, que estas formando a los futuros mandatarios del país.  Que esto ya no es como antes.  Que con los nuevos tiempos vosotros, los físicos, sois los que cortáis el bacalao.

Enric colgó el teléfono.  No tenía ninguna intención de hablar con el director, de hecho, no quería hablar con nadie que no fueras tú, pero apenas habían pasado dos tragos desde tu llamada cuando sonó el timbre de la puerta.  Emocionado abrió sin pensar.  Bueno para ser más precisos, sí que pensó.  Pensó que, tal vez, en tu huida no habías incluido entre tus enseres imprescindibles la llave del piso.  Mas al abrir la puerta se dio de bruces con el circunspecto director que se vio arrollado, por la premura, en el descansillo.

— Pero qué mal aspecto tienes Enric.  Y como apestas — dijo franqueando la puerta y adentrándose a la penumbra del piso.

Enric, aferrado a la botella de Jack Daniel’s lo dejó pasar.  Incapaz de abrir la boca, observaba al director que se iba desplazando de habitación en habitación como si buscara algo.  Y vaya si lo buscaba.  Encontró a las niñas en el comedor, sentadas en el sofá frente a la televisión y comiendo ganchitos.  Las niñas estaban sucias y despeinadas.  La dieta de ganchitos no hacía sino empeorar su aspecto.  El color naranja se había apoderado de sus manos, su cara, el pijama, los cojines y el resto de la tapicería del sofá.

—    Estas niñas, ¿no tendrían que estar en el colegio?.  Enric, ¿qué está pasando aquí?  ¿Dónde está Luisa?

Algún resorte se disparó en el interior de Enric, del mismo modo que se dispara una trampa para ratones al acercar el hocico al trocito de tocino rancio.  Fue como si plomo fundido empezara a correr por sus venas para estallar a borbotones en su cerebro nublándolo todo.  Enric se abalanzó sobre el director y agarrándolo de los cuatro pelos peinados de costado a modo de ensaimada mallorquina que lucía en su testa, lo arrojó al descansillo haciendo que su rechoncha cara se estrellara contra la barandilla de hierro.

El director en ese momento sufrió una involución que lo llevó a evocar los temores más primitivos.  Esos temores que desataban una oleada de estrés en el hombre prehistórico, que le ayudaba a sobrevivir, aflojándole los esfínteres, de manera que pudiera aligerar peso superfluo y disparando la adrenalina para que pudiera salir disparado, en este caso escaleras abajo, sin abandonar, por ello, la vigilancia de Enric, por si volvía a atacarlo.

LUISA DE MIGUEL

Cuando empezó todo el rollo de la Gran Revolución pensabas que sería una sandez más, como siempre hacían los politicuelos del tres al cuarto que nos ha tocado vivir a nuestra generación.  Aquello que decían en El Gato Pardo: “cambiarlo todo para que todo siga igual”.  Pero después de las primeras elecciones y la victoria de las Partículas Portadoras por mayoría absoluta, te dijiste que había llegado el momento de hacer algo por la humanidad.  Vale, no sé si fue entonces cuando te lo dijiste o fue a partir de la lectura del libro de Paul del Potro: Teoría Social de los Nojemeres Ocres.  Era un libro de unas cincuenta páginas que te pareció revelador y eso que Paul del Potro nunca ha destacado por su lucidez ni por su inteligencia.  En el libro explicaba cómo debía estructurarse la sociedad futura.  Era necesario devolver la masa social al mundo rural y vivir de forma común, de acuerdo con la naturaleza; trabajando con el propio esfuerzo y prescindiendo de toda tecnología.  Abandonar cualquier tic intelectual y centrarse en un estilo de vida autárquico.  Aquello era para ti música celestial.  Toda la vida deseando vivir en una comuna, en el campo, viviendo de la madre tierra y sin más preocupación que la del paso de las estaciones.

Leíste y releíste el libro soñando con largarte al campo, dejarlo todo: obligaciones, prisas, frenesí y sustituirlo por despreocupación, calma y relajación.  Encima con ello, contribuirías a cambiar el mundo “revertiendo el poder financiero en el poder de la tierra, el poder del campesinado que haría de la nuestra una nación floreciente como lo fue en el pasado con el cultivo del arroz”.  ¿En serio no sospechaste nada al leer este fragmento en el libro de Paul del Potro?

El Libro te trajo una desazón que hacía que continuar con tu trabajo habitual se convirtiera en una ardua tarea.  Llegados a este punto, sólo eras capaz de concentrarte en imaginar de qué manera podías iniciar la revolución post revolución, que había de cambiar las cosas desde la raíz misma del problema.

Aquello que te había apasionado toda la vida.  Aquello que hacía que día tras día te acostaras pensando en la manera de mejorar los acumuladores de electricidad para hacer, de una vez por todas la energía solar eficaz.  Ya no te levantabas con aquella ansia de llegar al trabajo y simular nanocapas y nanoestructuras para mejorar la capacidad de almacenamiento eléctrico.  Ya ni las membranas de polímero electrolítico eran capaces de despertarte ningún tipo de interés.  Tan solo vivías para hacer realidad la utopía de los Neojemeres Ocres.

Un día, saliendo del laboratorio de la facultad oíste una conversación entre dos estudiantes de agrónomos que prendería el reguero de pólvora que se extendía a tu alrededor desde la lectura de El Libro.

-          Oíd, ¿habéis leído el libro de Paul del Potro? —dijo un jovencito de piel cetrina y pelo pajizo.

Esa pólvora ardiendo y te obligó a desenchufarte de la vida cotidiana y seguir a esos jóvenes, tratando de continuar escuchado la conversación.

-          Pues no, yo no he leído nada.
-          Yo tampoco.
-          Ni yo.
-          Pues deberíais leerlo.  Es todo un alegato a la vuelta al campo y a la vida comunitaria.

No pudiste oír nada más, pero fue como si hubieras subido al escenario de un espectáculo de hipnotismo y el hipnotizador te hubiera ordenado seguir al muchacho que había leído a Paul del Potro adónde quiera que fuera.  Los seguiste hasta la parada de autobús.  Subiste con ellos al autobús.  Esperaste, como sólo saben esperar los depredadores el movimiento de sus presas, a que bajara del autobús despidiéndose de sus compañeros y cuando se alejó lo suficiente lo abordaste como un león famélico abordaría a una escuálida gacela.


-          Oye, perdona- le dijiste con el corazón golpeteando tu voluptuoso pecho.
-          ¿Sí?
-          Verás, disculpa que te asalte de esta manera- en la cara del muchacho se dibujó lo que pareció una sonrisa lasciva- pero no he podido evitar oír que has leído el libro de Paul del Potro.
-          ¡Estás loca! —contestó alterado, con cara de pánico, sin asomo de lascivia y mirando a todos lados- ¡Déjame en paz! — Dio media vuelta y salió a escape.

En ese momento te sentiste frustrada pensando que se te iba a escapar la única oportunidad que tenías de poner en común todos los sueños que El Libro había despertado en ti.  Así que haciendo caso omiso te volviste a agazapar y lo seguiste a una distancia prudencial hasta que lo viste entrar en un portal y desaparecer.  Pese a todo, no estabas dispuesta a dejarlo escapar así, sin más.  Liaste un cigarro, empezaste a fumarlo parsimoniosamente y te dispusiste a esperar una oportunidad para colarte en el edificio y tratar de descubrir el piso en el que vivía.

viernes, 27 de marzo de 2020

Introducción


Fue una concatenación de hechos, pese a que algunos se empeñan en fijar una fecha concreta para lo que hemos dado en llamar La Gran Revolución.  Así pues, cada cinco de Planck se celebra el inicio de la nueva era como si del advenimiento del Mesías se tratara.  De hecho, el advenimiento del Mesías ya no sólo no se espera, sino que dejamos de celebrar las navidades desde que Fernando Góngora hiciera la disertación en un sesudo artículo científico sobre el calendario juliano, el calendario gregoriano y los aspectos más relevantes del tiempo en la mecánica cuántica, descubiertos tras sus profundos estudios sobre Planck y la radiación del cuerpo negro.  A partir de la aparición de ese artículo y de una serie de conferencias, se ha tornado peligroso desde preguntar la hora, hasta saber si al día siguiente hay que ir a trabajar o no; si el reloj de fichar será definitivamente de amoniaco o será sustituido por uno de cuarzo o, si por el contrario, será un reloj atómico o un reloj de tamices cuánticos, que tenga en cuenta la constante de Planck como el mínimo valor posible, para iniciar la hora de fichaje y fijar su fin, teniendo en cuenta que entre constante y constante no es posible que suceda absolutamente nada.  Un sin Dios.

Llevábamos unos cuantos años, si utilizamos el sistema de medición del tiempo de la era anterior a La Gran Revolución, desde que se iniciara la crisis económica más terrible que asoló al planeta.  Al parecer, el capitalismo, como sistema, había desbordado por todas partes.  La especulación era ama y señora de todo.  Campaba a sus anchas haciendo acopio mundial de capitales, mientras limitaba el movimiento de las personas.  Las acciones de bolsa, los movimientos bancarios, la especulación inmobiliaria, la especulación sobre los alimentos, la crisis energética y los insaciables “mercados” arrasaron con todo.  Entretanto millones de personas perdían sus empleos en los países llamados desarrollados, mientras en los llamados del tercer mundo, perecían por millones de inanición y fruto de conflictos provocados por el propio capital, ansioso por recoger beneficios a costa de la venta de armamento, la reconstrucción de las zonas devastadas y el reparto de lo que llamaban eufemísticamente “ayuda humanitaria.”  Todo estaba degenerando en favor de una porción de autoelegidos que se estaban repartiendo el planeta.

Pese a toda la desolación que se vivía, parece ser que las personas decidieron no quedarse en casa y se organizaron por barrios, por colectivos de trabajadores o de afectados por tal o cual ataque del capital y poco a poco fueron convirtiéndose en ese insecto molesto que no te deja concentrar en las cosas realmente importantes.  Pero lo que más le dolió a todo este sistema podrido, fue cuando los intelectuales y científicos empezaron a negarse a asistir a galas de entregas de premios.  El dinero en forma de cheques de reconocimiento por parte de los gobiernos, era sistemáticamente rechazado.  Los grupos financieros se quedaron sin sus investigadores más emblemáticos y el premio nobel perdió tanto prestigio que, en todas sus categorías, se acababa entregando a auténticos patanes

Para acabar de empeorar las cosas, una serie de pandemias recorrieron el mundo, pero la que más incidencia tuvo fue la denominada pandemia del coronavirus.  Esta enfermedad fue transversal, no entendió de fronteras políticas ni sociales.  Daba lo mismo donde vivieras y el dinero que tuvieras, en cualquier momento podáis padecerla.  Los gobiernos de todo el mundo reaccionaron de forma descoordinada, pero con una finalidad concreta muy bien definida: que la economía se resintiera lo menos posible.  Que el daño al capital fuera el menor de los posibles.  Lógicamente, como sucede en estos casos, la recogida de beneficios fue brutal, pero a consecuencia de los largos días de confinamiento obligado y de la limitación de circulación de las personas por las calles, el poder tuvo miedo, tuvo mucho miedo, de hecho, el pánico se extendió entre la clase dominante.

Se aprobaron leyes que prohibían manifestaciones que no estuviesen explícitamente autorizadas por el gobierno de turno.  Se limitó la libertad de expresión hasta puntos insospechados.  Pronto la maquinaria empezó a estar engrasada y las gentes, a consecuencia del confinamiento y de los cambios producidos, empezamos a olvidar lo que hasta entonces había resultado cotidiano.

Hubo una gran cumbre de jefes de estado y de gobierno que en realidad ocultaba la cumbre importante, la de los grupos financieros, entre los que se encontraba, como parte más visible, el Club Bilderberg, pero no era el único.  Allí fue donde seguramente se decidió todo, donde empezó a sonar la orquesta al compás de sus directores.  Donde el mundo se vio abocado al inicio de lo que denominaríamos, inspirados en el término que acuñara en su día Friedrich Engels: La Democracia Científica.

Ante la incapacidad de la política de controlar a una sociedad civil cada vez más belicosa, los autoelegidos decidieron apartar a los viejos políticos del poder.  Eso sí, antes de irse representarían lo que sería un cambio de sistema, dando por muerta la democracia burguesa y el sistema capitalista para dar paso a la nueva era tecnológica de la pseudociencia, denominada en estos Nuevos Tiempos: ciencia, sin más.

No tardaron los políticos de cada país en aparecer cariacontecidos, pero con la firme determinación de cambiar las cosas en pos de un futuro mejor para todos.  Surgieron discursos grandilocuentes dando vivas a la nueva era, la era en que por fin los políticos abandonarían el poder, sacrificados cual hecatombe griega, en favor de personas cualificadas para guiar la nave hacia el nuevo estado del bienestar científico.  Así, con minúsculas, porque ese estado no se refiere al Estado, sino a la situación de bienestar que vivirán cada uno de los individuos, el bienestar individual, ese estado en el que a partir de ahora, desaparecería el individuo como ente material, con la única aspiración de alcanzar el Prana. la Mega Conciencia Universal en la que el individuo deviene en una Totalidad de Conocimiento Puro.

Se sustituyó el significado de las siglas de los partidos políticos por otros bien distintos.  Pese a todo, se decidió mantener las siglas como un recuerdo de lo que fue el pasado y que nunca más debería repetirse.  Así, por ejemplo, el PP ya no significaba partido popular, sino Partículas Portadoras.  PSOE ya no significaba partido socialista obrero español, sino Partículas Superlumínicas Ordenadas Estáticas.  IU, en lugar de Izquierda Unida, quería decir Inestable Universo.  El PDECat, surgido de la antigua CIU, ya no era el Partido Demócrata Europeo Catalán, sino Partículas Diatómicas Eutróficas Catalizadoras (debido a la eutrofización sufrida, decidieron fusionar todos los partidos surgidos, tipo JxC y otros, en uno sólo, de ahí lo de “Partículas Diatómicas”.  El PNV dejó para siempre de ser el partido nacionalista vasco, para ser partículas de neutrinos virales.  Incluso la izquierda abertzale pasó a autodenominarse Inestables Atómicos, consciente de que introducir el concepto atómico podía suponer, de nuevo, la ilegalización de la formación.  Podemos no cambió su nombre, era lo suficientemente ambiguo como para tener cabida sin más modificaciones que la de sus anteriormente denominados “Círculos”, que pasaron a llamarse: Círculos de Sinner.  Ciudadanos sí se vio obligado a cambiar, ya que el nombre resultaba excesivamente comprometido y tuvieron que denominarse Físicos Excelentes Organizados (FFEEOO).  Por supuesto no podía faltar a este reparto de nombres UPyD, que dejó de ser unión progreso y democracia, para desaparecer definitivamente del panorama científico, tal y como ya lo había hecho tiempo atrás, del panorama político, pero siempre les gustaba salir a explicarlo, como si a alguien le importara.  VOX buscó convertir su nombre en un acrónimo, aunque antes no lo fuera.  No quería ser menos que los demás y decidió que VOX querría decir Vimos Oganeson en el Xinema; no tenía mucho sentido, pero es que fueron los últimos en aceptar el cambio y antes tampoco es que tuvieran demasiado, sentido quiero decir.

A partir de aquí, ya sólo hacía falta dar con los “científicos” adecuados, que fueran capaces de dirigir este bajel hacia la tierra prometida.

Anna Romanova fue la abanderada de las partículas portadoras (PP).  Se trataba de una inminente científica que nadie conocía y que recuperó los estudios de Fibonacci sobre los principios Euclidianos, pero les dio un giro inesperado, ya que, en contra de las pretensiones de Fibonacci, Romanova demostró, sin ningún tipo de duda, que 2+2 = 5.  En un primer momento todo el mundo la tomó por lo que era, una impostora, pero cada vez que algún matemático ponía en cuestión la demostración de Romanova, desparecía sin dejar rastro.    En cuanto a alguien se le ocurría hacer un comentario jocoso sobre el hallazgo en cualquier ámbito (bar, familia, amigos), desaparecía en menos de veinticuatro horas.  Pronto el terror se apoderó de todo el mundo.

Los autoelegidos temieron que se volviera a la situación de desórdenes inicial, así que se apresuraron en lanzar al nuevo líder de las filas de las Partidas Superlumínicas Ordenadas Estáticas (PSOE): Frank Hoskins, otro gran desconocido.  Recuperó los estudios de Gauss que demostraban que 2+2 más bien tendía a 3 en lugar de a 5.  Así pues, Frank Hoskins, en poco tiempo, estuvo en disposición de afirmar sin temor a equivocarse que 2+2 = 3.  Era el nacimiento de las posturas antagónicas y pronto la mayor parte de la población se decantó por una u otra postura alegando que se trataba de un mal menor.

La campaña electoral se dio por iniciada.  Todo ello, a pesar de que, el Inestable Universo (IU) pedía a fuertes voces una verificación de la caja de Schrödinger, ya que tenían serias dudas de si el gato continuaba con vida, petición a la que se sumó Podemos que no hacía más que vocear en contra de la casta de científicos que se entretenían en sumas absurdas, olvidando los problemas reales de la gente, esto es: ¿realmente Schrödinger se acordó de meter el gato en la caja?

Por su parte Vimos Orgason en el Xinema (VOX) reclamaba que se matara al gato, se quemara la caja y nos dejaran en paz a la gente de a pie.

Los FFEEOO se movían entre la indefinición del resultado tres y cinco, pero con una clara tendencia al seis, eso sí, barajando la posibilidad, si eso, de dividirlo entre dos.

Una vez más nuestro país se convertía en la vanguardia de los experimentos políticos y sociales.  El nuevo sistema cabalgaba desbocado extendiéndose por todo el mundo.

sábado, 21 de marzo de 2020

Luernes


Soy muy buena persona.  Lo sé porque todo el mundo me lo dice.  Y no sólo lo dicen cuando estoy en su presencia.  Sé de buena tinta que por detrás van diciendo:

—     ¡Ah!, sí, conozco a Patri, es un gran tipo.

De modo que si tantas personas afirman una cosa es porque sin ninguna duda, están en lo cierto.

Ya sé que hay personas que me odian, pero eso le pasa a todo el mundo.  Es imposible que absolutamente toda la humanidad que te conoce piense de ti que eres una buena persona.

Cuando digo que soy una buena persona, lo digo pese a conocerme a mi mismo y saber que en determinados momentos, me vienen pensamientos un tanto extraños.  Pensamientos como cuando estoy hablando con una persona y de repente caigo en la cuenta de que tiene un largo cuello que se mueve con la proyección de sus palabras, y me quedo pensando en que, si en ese momento le rebanara la garganta brotarían chorros de sangre que lo pondrían todo perdido, incluida mi camisa blanca acabada de planchar.  También que sus palabras acabarían convertidas en gemidos y hálitos anunciando los estertores de la muerte.  Luego trato de retomar el hilo de la conversación como buenamente puedo, pues, a veces, estos pensamientos se prolongan de tal manera que soy incapaz de regresar a la normalidad.  Pero vamos, este tipo de pensamientos ¿quién no los tiene?  ¿Eh?

Ayer escuché a un militar explicar en la televisión que juntos ganaremos esta guerra y que pese a ser viernes, ahora, todos los días son lunes y todos los españoles son soldados en esta guerra.  Bueno, no sé dijo exactamente estas palabras, pero lo de soldados me quedó clarísimo.  Así que me puse manos a la obra:

He empezado por ponerme de tono de alarma el toque de diana, a una hora absolutamente intempestiva.  Me he levantado aseado, rapado y vestido en cinco minutos.  He posado firmes en el balcón como si fuera a pasar revista.  He echado unos trotes a lo largo del pasillo y he subido y bajado las escaleras de tres en tres.  Después he desayunado a toda prisa y he vuelto a bajar y subir escaleras hasta caer reventado.  En el pasillo he desfilado con giros a izquierda y derecha, cargando y descargando el mocho a modo de cetme.  Después he comido un rancho infecto y en el rato de descanso me he conectado a internet y he comparado en Amazon rifles de precisión.  No creáis que he hecho una compra a lo loco, que va.  Me he leído todos los comentarios y opiniones, incluso he enviado una consulta al vendedor que me ha contestado bastante rápido.  Al final me he decidido por un rifle Sumrak, concretamente el SVLK-14S, y lo he hecho sobre todo porque me han asegurado que tiene un dispositivo similar al de las cámaras de fotos que corrigen el posible temblor y permiten abatir a la pieza si la tienes debidamente enfocada en la mira telescópica.  Lógicamente me han pedido el permiso de armas en el momento de ir al carrito de la compra.  Como no estoy en posesión de la licencia, he tenido que buscar el corte de voz del susodicho militar y enviarlo.  Con eso han tenido bastante para enviármelo en veinticuatro horas.  Me he hecho una cuenta premium.

El rifle ha llegado esta mañana.  Justo después de que jurara bandera con el hule de la mesa de la cocina colgado de la lampara del comedor.  Lo he hecho justo cuando aplaudían en los balcones de la calle para jalear al ejercito por la labor desarrollada frente a la pandemia del coronavirus, así aprovechaba esos aplausos lanzados al aire que no iba a recoger nadie y los he guardado por si en algún momento necesito infundirme valor, ante el trabajo que me dispongo a realizar.

El cartero tenía muy malas pulgas.  Yo no tengo la culpa de que tenga que servir bienes de primera necesidad, aunque los envíe Amazon.  Desde luego, hay que ver como se ha puesto por tener que entregar un paquete de nada.

Bueno yo, a lo mío.  He abierto el paquete con los guantes desechables y la mascarilla puestos.  He frotado todas las partes del fusil con gel hidroalcohólico.  Sí, las balas también, a ver si pensáis que soy tonto.  Y he seguido con el programa de instrucción y formación militar.  Cuando he acabado de comer el rancho infecto he salido al balcón, he montado el fusil, he ajustado la mira, lo he cargado y me he apostado tras los geranios a esperar oteando el horizonte.

No ha pasado ni media hora y ya ha aparecido el primer traidor que tenía toda la pinta de haberse saltado el confinamiento.  Andaba despreocupado.  Creo que hasta silbando.  Con las manos en los bolsillos y sin ningún tipo de mascarilla.  ¡Maldito sea ese antipatriota!

Lentamente he deslizado el cañón a través de las plantas asentando las patillas sobre la barandilla del balcón.  He pegado mi ojo a la mira y he fijado el blanco en el centro de la cruz.  La óptica ha dado un pequeño salto y ha dado nitidez a la cara del tipo que tenía encañonado.  He oído un pequeño click y he notado como el rifle se quedaba fijo.  Al mismo tiempo he notado un click en mi cabeza y he recordado al tipo ese jugando con sus hijas en el parque.  Lo he recordado paseando del brazo de su pareja y me han venido imágenes de sus padres, ya mayores, paseando junto a él.  Entonces he levantado lentamente el fusil y con un hábil giro de cintura me he encontrado apuntando a la tele y ahora sí, ahora he tirado suavemente del gatillo y la bala ha salido suavemente, sin apenas ruido, por el cañón y ha hecho saltar en mil pedazos el televisor.  Después he dejado el fusil en el suelo y he llorado.  He llorado amargamente mientras me arrancaba las insignias torpemente cosidas a mi ropa y mientras me arrancaba los botones de la camisa y del pantalón.  Me he acurrucado en el sofá, me he tapado con la manta y, poco a poco, he conseguido calmarme y me he dado cuenta de que no soy un soldado, de que lo que soy es una buena persona.

martes, 8 de octubre de 2019

Mi querida utopía


Casi a diario me encuentro con personas que son fervientes defensoras de la democracia burguesa (o liberal capitalista, como queráis llamarla) o del comunismo de estado, que no dudan en poner en cuestión mis ideas, en tanto en cuanto las consideran irrealizables.

Aunque es verdad que no suelo pedir opinión en cuanto a mis ideas, no dudan en facilitármela, lo que es una metáfora de lo que realmente significa que el anarquismo, en cualquiera de sus formas, es una forma de organización social “irrealizable”.

Digo esto porque está más que demostrado que el anarquismo es completamente factible, lo que ocurre es que el Estado en cualquiera de sus formas está empecinado en que esto no sea así.  Prueba de ello fue en su día la destrucción de las colectividades en España en mayo de 1937, ejecutada al calor del estalinismo, en nombre de un supuesto orden.  Curiosamente es el mismo argumento que utilizaron y utilizan, aún hoy en día, los fascistas para justificar el golpe de estado contra el gobierno de la república y el genocidio posterior.  “El orden”.

También es una prueba diáfana, la represión desatada contra Ucrania por parte del ejército rojo, a las órdenes de Trotski, que en 1921 acabaron con el sueño anarquista de las comunas de Ucrania.

Sucedió en Manchuria, que en 1932 dijo adiós a la Comuna de Shinmin gracias a chinos y japoneses que, pese a guerrear entre ellos llegaron a un objetivo común, destruir cualquier atisbo de sociedad anarquista.

Hay numerosos ejemplos en los que se nos ha aplastado y el más reciente es el que está sucediendo ahora mismo frente a nuestras narices.  Mientras se discute que si el Brexit, que si la sentencia del Procès, que si las elecciones, que si Trump; precisamente Trump ha dado vía libre a destruir el sueño de una sociedad construida por mujeres.  Para ello se sirve, como han hecho siempre, de un tirano como Erdogan, que no duda en emprender una guerra contra lo que es, una vez más, la plasmación de lo que llaman utopía en una realidad de sociedad construida desde abajo.  Una sociedad que ha derrotado al Estado Islámico y cuando ha acabado con el trabajo sucio, como ha ocurrido históricamente, quieren destruirla.  Para ello utilizarán el armamento; para matar, mutilar y violar; pero una vez acabe la destrucción física llegará la hora de inventar un relato de destrucción moral.  Un relato como ese que me trasladan a diario de utopías y caos.

martes, 14 de mayo de 2019

Diccionario de supervivencia para estudiantes


Mientras un personajillo
Patético
Trota a lomos de un triste jamelgo
Lanzando absurdas proclamas
Sobre un suceso histórico
Que nunca sucedió
La gente buena
La gente de bien
Galopamos a lomos
De un caballo
Cuatralbo
Hasta el mismo mar
Hasta enterrarlos en el mar

domingo, 31 de marzo de 2019

Pastís de xocolata amb melmelada d’albercoc


Han tallat la serra
La que se veu des de la finestra de casa

L’han tallat
Com qui talla un pastís
Un pastís sacher
Així ha quedat la veta d’argila al descobert
Com si fos la melmelada d’un pastís sacher
Com si fos la melmelada d’albercoc
A punt de regalimar

Han tallat la serra
Un desmunt
Li diuen
Pa emparellar lo bancal del davall
 Guanyar una mica més de terreny
I puguer treballar
A peu pla

La serra plora
I lo meu gat s’ho mira
Cap dels tres no entenem res

Tant prompte arribe
La primera tronada
S’esbarrancarà
I lo que ara pareix
Una muralla indestructible
S’esllisarà com xocolata calenta
Caient a tota velocitat
Com una xiqueta que se deixa caure
Per un eslliçador
Rient i cridant

I se faran clots
I lo fang inundarà lo bancal de baix
I lo single de pedra quedarà al descobert
En aquell blau grisós
Que mostrarà la tristor de la terra despullada

Dintre  d’un temps
Los abellerols
Blaus verds i brillants
Siràn capaços
De fer forats al fang
I instal·lar los seus nius
A la serra tallada
I les serps
S’ho miraran en fam des de terra
Pensant en lo bons que estan los pollets d’abellerol

Han tallat la serra
La que se veu des de la finestra de casa
La miro jo
La mira lo gat
I dingú entenem res
De lo que està passant
En lo món
En lo mont

martes, 29 de enero de 2019

Alfonso Guerra o La Doctrina del Shock


No sabía que Alfonso Guerra había leído a Naomi Klein y su “Doctrina del shock”, y así me quedé yo esta misma semana; en estado de shock.

Sí conocía la poca vergüenza y la cantidad de exabruptos de los que era capaz de hacer gala el susodicho socialista.  No hay más que recordar frases tan memorables como aquella que profirió en sede parlamentaria, cuando le pedían explicaciones por la muerte de aves en Doñana (sino recuerdo mal el suceso, que la frase me quedó grabada a fuego): “por decírselo en términos animales, usted se calla que no tiene usted ni zorra idea”.  Y se quedó tan ancho.

En realidad, Alfonso Guerra, era un tertuliano antes de que estos existieran.  Sería lo que podríamos denominar un proto tertuliano.  Además, él no pugnaba por decir la barbaridad más gorda para que lo llamaran de las teles, él es así de natural, le sale solo.

De hecho, era tal la fama del gachó que los propios socialistas lo animaban (como si le hiciera falta) jaleándolo al grito de “¡Alfonso, dales caña!”, no se si movidos por el ansia de sangre enemiga o por temor a ser ellos los que se mueven y no salen en la foto, tal y como amenazara a la militancia en cierta ocasión.

 Así las cosas, ¿qué es lo que me ha desorientado de tamaño personaje?  Pues sencillamente el hecho de que corroborara las tesis de Naomi Klein que relataba como la escuela de Chicago, los “Chicago Boys”, avanzadilla del neoliberalismo, utilizaron Chile como zona de experimentación de la utopía liberal para, mano miliitari, poner en práctica aquello que preconizaban en sus teorías económicas.

Parece ser que las férreas dictaduras maridan muy bien con el liberalismo, aunque de primeras, para aquellos que se hayan tragado el disfraz del liberalismo, pueda parecer sorprendente, en realidad, para desmantelar todos los servicios público y ponerlos en manos de las empresas “amigas”, para acabar con lo que queda del “Estado del Bienestar” y para trocear los derechos laborales (principios fundamentales del liberalismo, lo de trocear, no lo de los derchos) hace falta un estado muy potente, capaz de reprimir cualquier amago de protesta.

Así que sí, Alfonso, efectivamente la dictadura de Chile sirvió para algo.  Para algo terrible.  Tan terrible como la cantidad de seres humanos encerrados, torturados y asesinados.  Tan terrible como la cantidad de bebés robados.  Tan terrible como la cantidad de personas que no han vuelto a saber nada de familiares o amigos, desaparecidos para siempre.  Tan terrible como la cantidad de derechos perdidos, el reparto de los bienes comunes repartidos entre los amiguitos, debidamente guiado por las ideas económicas de Milton Friedman y Arnold Harberger.

Estoy seguro, señor Guerra, de que Olof Palme se ha revuelto en la tumba después de sus palabras, pero me imagino que eso a usted se la trae al pairo.

En fin, ahí dejo el enlace por si alguien se anima a ver el documental sobre “La Doctrina del Shock” que resulta mucho mejor que escuchar a este cenutrio decir sandeces.

https://youtu.be/yIhZjEsgsNQ