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domingo, 7 de mayo de 2023

Cerveza Skol. International Lager.

 

La escuela a la que iba de pequeño, era una escuela que carecía de patio. También carecía de humanidad, pero ese es un tema del que ahora mismo no quiero hablar. Como aquella escuela carecía de patio, teníamos que ir a jugar al campo de fútbol que estaba anexo al colegio.


El patiocampodefútbol se dividía de forma imaginaria para que niños y niñas nos mantuviéramos agrupados por edades y para evitar la crueldad de niñas y niños de más edad. ¿He hablado de la falta de humanidad de la escuela en aquellos años? ¿No? Pues el odio y la violencia provocada por esa falta de humanidad campaba a sus anchas por patios y aulas. Pero he dicho que no quería hablar de ello.


Como el patiocampodefútbol se dividía de forma imaginaria, (no se trazaban lineas de colores alegres en el suelo, ni nada parecido) había que delimitarlo de la forma más clara posible. Así, en lo que era terreno de juego del campo de fútbol se colocaba el alumnado más mayor, y, en las orillas, fuera del terreno de juego nos distribuíamos el resto por grupos de edad.


Para repartirnos en medio de aquel caos de criaturas sin ratio concebida, debíamos fijarnos en las publicidades pintadas en la valla del campo, entre ellas una de cerveza Skol, y no salir de esos límites.


La maestra, cada día nos insistía antes de salir al no patio:


- Ahora saldremos al recreo. ¡Acordaros que no salimos de la cerveza!


Y ahí seguimos. ¡Joder con la obediencia!

viernes, 7 de octubre de 2022

Un somni

 

Anit

mentres dormia

vaig tenir un somni



unes llampurnetes

al cel

assenyalaben

lo final d'una escala

una escala cap al cel


anit

mentres dormia

vaig tenir un somni


pujaba per una escala

una escala cap al cel

i la música

havia de continuar


anit mentres dormia

vaig pujar una escala

una escala cap al cel

i a dalt de l'escala

hi havia un

camp de maduixes


Anit

mentres dormia

vaig tenir un somni


Un camp de maduixes

agon res no era real

i agon no hi havia res

res pa perdre lo temps


Anit

mentres dormia

vaig tenir un somni

i vaig despertar


anit quant vaig despertar

vaig notar olor

de mullareros acabats de pelar


anit quan vaig despertar

vaig notar olor

de romer florit

acabat de collir


Anit quan vaig despertar

vaig seguir l'olor

de mullareros acabats de pelar

i de romer florit

acabat de collir

i vaig trobar lo teu cos

i la teua pell

banyada de gotetes de suor


anit vaig tenir un somni

i quant vaig despertar

no sabia si encara

estaba somiant.

viernes, 11 de febrero de 2022

Bésame mucho

Seguro que ya conoces la historia; te la han contado mil veces antes de irte a dormir, la has leído en tropecientos libros de cuentos populares, la has visto en infinidad de versiones, tanto animadas como “reales”, incluso la has visto en versión pornográfica.  Ya sabes, aquello de una madrastra relativamente guapa, pero ya vieja pelleja, que le pregunta a un espejo.  Una hijastra repollo y guapa que te cagas.  Un espejo cabrón y rebotudo.  Un paje medio nena incapaz de matar a una chica guapa.  Una pandilla de mineros enanos.  Una madrastra despechada que envenena con una suerte de maldición a su hijastra y un príncipe besucón que rescata a toda princesa durmiente.

 

Vale, esta es la historia que, con sus momentos más o menos coherentes, te han explicado siempre.  Pero hay un problema, un grave problema, y es que las historias se construyen no con grandes relatos, sino con pequeños detalles que son los que aportan esos visos de verosimilitud a los cuentos y en este caso esos hermanos Grimm se olvidaron de mí.  Que ¿quién soy yo?  Pues ese pequeño detalle insignificante que a nadie ha importado nunca jamás.

 

Cuando la madrasta mala malísima decidió emponzoñar una manzana con un extraño brebaje que no mataba sino que dormía hasta que un príncipe te despertara con un beso (por dios que estupidez, pero no quiero entretenerme en esto, que a mí ya me importa un rábano) no se fijó en que en la manzana, precisamente, me encontraba yo, un simple gusanito de la manzana o como me gusta llamarme, mayormente para darme algo de pompa y boato: carpocapsa, que es algo así como mi nombre de los domingos.  Así pues heme aquí completamente dormido a la espera de que algún príncipe chiflado decida besar un gusano y despertarme.  Que, ojo, esto tendría mérito; no es lo mismo besar un sapo y que se convierta en príncipe que besar un gusano y que este se empiece a mover.  Vaya que me veo dormido de por vida.  Porque tú, si fueras príncipe ¿me besarías?


miércoles, 14 de abril de 2021

La mel al llavis

 La primavera se va eurir

Igual que s’eurís un arna

Desplegant com una festa

l’íntens aroma de la mel

Lo flaire

Una mica picant de la cera

Lo zum-zum de les abelles

Que convida a celebrar la vida

A banyar-se en la abundància que despleguen davant nostre

 

La primavera se va eurir i ens vam emocionar

Vam pensar que tot lo malson estava acabant

Que ja quedava poquet pa tornar a abraçar-nos

Besar-nos

Compartir converses absurdes

O buides

O avorrides

 

Però resulta que les abelles de l’arna no estaven desitjoses

De que les molestéssim

Així que

Han llençat les punxes contra nosaltres

I ens han obligat a tancar l’arna

I a fugir de la primavera

Com del demoni

 

I

Redimonis!

Ens han tancat al poble

Sense poder eixir

 

Adeu primavera

Adeu alegria

Tornem a ficar-nos

A refugi de les punxes

Oblidem

De moment

La dolça olor de la mel

I esperem

Continuem esperar

Lo moment de retrobar-nos

I fer allò que més mos xoca

 

Passar lo temps junts

I estimar-nos

En carn i ossos

En riure i plors

 

Tocar-nos

Abraçar-nos

I ballar

Com trobo a faltar ballar!

miércoles, 17 de febrero de 2021

Decisión salomónica

 

Hubo en tiempos un rey que quería partir a un chiquillo en dos.  Bueno, no se sabe muy bien si era un chiquillo o una chiquilla, lo que sí está claro es que el rey estaba empeñado en partir por la mitad a la criatura.

 

En realidad, la historia comienza con una discusión entre dos muchachas que afirmaban ser las madres de la criatura y de ahí la disputa.  El rey, que era un metiche, quiso intervenir y escuchadas ambas partes, decidió que lo más sensato era partir el objeto de la disputa por la mitad y dar una parte a cada una de las implicadas.  Así que, ni corto, ni perezoso, dijo:

 

     ¡Guardias!, partid a la criatura por la mitad y dad una parte a cada una de las madres, así ambas podrán disfrutar de una maternidad plena.

 

Los supuestos guardias, evidentemente, no partieron a la chiquilla o chiquillo.  Me atrevería a afirmar que ni tan siquiera llegaron a desenfundar la espada que no portaban.  Eso sí, tomaron entre varios al rey y lo acompañaron diligentemente a la consulta psicológica, a ver si un poco de terapia acababa con los delirios de aquel pobre diablo que se creía rey y que había llegado al colmo del paroxismo al erigirse en impartidor de justicia, por la vía de la partición de seres humanos.

 

¿Que qué pasó con las señoras y su discusión?  Bueno, en realidad no existía tal discusión, pero si la hubiera habido, entre cuantos habitaban la villa, hubieran encontrado una solución por la vía del diálogo, el apoyo y los cuidados colectivos.  Vamos, a nadie con dos dedos de frente se le hubiera pasado siquiera por la cabeza, la idea de partir a una chiquillo o chiquilla por la mitad.

domingo, 23 de agosto de 2020

Casa deshabitada, casa okupada

Oye, que la cosa está mucho peor de lo que dicen en las noticias.  Y no creas que es algo que me han contado.  Que te lo digo yo, que me ha pasado a mí, que no hablo de que alguien me ha dicho que le han dicho o que le ha pasado, no.  Esto me pasó a mí y es muy gordo.

 

Fue hace ya una semana.  Como cada día fui a bajar la basura.  Con lo puesto y el móvil, que yo el móvil no lo suelto ni para ir al baño.  Bueno al baño es donde siempre lo llevo.  Pero no quiero despistarme de lo que te quiero explicar.

 

Bajé la basura.  Fui hasta el contenedor que, como sabes, está como a veinte metros de casa y, tonto de mí, nunca cierro la puerta de entrada, ni la del piso.  Si total, es un momento de nada.  Y además mi mujer, mi amorsote querido estaba en casa, así que, ¿para qué narices iba a cerrar la puerta?  Total, que cuando vuelvo de tirar la basura me encuentro con el portal cerrado y yo venga a llamar al timbre y dale, que dale y nada, de nada.  Que se me habían metido los okupas en casa, joder.  Y yo sin llave.  ¿Cómo iba a pensar yo que tenía que llevarme llave y cerrar la puerta porque en cuanto sales de casa, ¡zas!, viene un okupa y se te mete y no hay forma de sacarlo.  ¿Y mi chica?  ¿Qué habrán hecho con ella?

 

Después de tocar infructuosamente al timbre y de llamar al teléfono de mi señora, que daba como que estaba apagado o fuera de cobertura, llamé a la policía.  ¿Qué creéis que hizo la policía?  ¡Na-da!  Eso es lo que hacen con la pobre gente como yo.  No me hicieron ni caso y mira que describí la situación con pelos y señales.  Diría que hasta oí unas risitas al otro lado del teléfono.

 

Visto que la policía no estaba de mi parte me decidí a buscar a una gente que me habían dicho que “trabajaban” al margen de la ley y que eran muy eficaces en su cometido: Desokupa, se llaman; y estos sí me hicieron caso enseguida.  No quisieron siquiera detalles de lo sucedido.  En un decir Jesús ya estaban en el portal de casa dos señores enormes y tope mazados.  Oye, que daba gozo verlos.  Todos esos músculos y esa ropa apretada que marcaba todo.  Como para no asustarse si vienen a por ti.

 

     Tranquilo— me dijeron— vamos a sacar a esos hijos de puta de tu casa.  Apártate por si hay un poco de baile.

 

Crucé al otro lado de la calle para dejarles hacer tranquilamente su trabajo.  En un pis pas consiguieron abrir el portal y se metieron y yo confié plenamente en la profesionalidad de esos individuos capaces de dejar todo cuanto pudieran estar haciendo para atender mi llamada y colarse en mi casa como si fuera la casita de paja de uno de los tres cerditos.

 

Pasó una hora, dos, doce y se hizo muy de día.  El calor ya empezaba a apretar cuando pude ver que salían los dos “armarios roperos” de mi casa.  Me acerqué a ellos y la primera impresión es que ya no tenían ese aspecto de fascistas asesinos con el que llegaron.  De hecho, parecían dos dulces criaturas satisfechas de la vida.

 

     ¿Y bien?

     Bueno, esto es más complicado de lo que creíamos.  Vamos a necesitar volver varias veces para poder desalojar a la…, a los okupas esos.

     Pero esto es una vergüenza, ¡es mi casa!

     Claro, claro, pero el gobierno ya sabes que solo apoya a los okupas y a la pobre gente trabajadora que nos hemos dejado la vida para poder tener un techo, nos dejan de lado.

 

Y oye, que así llevo ya una semana viviendo en un hostal junto a mi casa, recibiendo casi a diario a los muchachos de desokupa y esos putos okupas viviendo a cuerpo de rey en mi salón, mi cama, mi cocina…  Pero no sigo sino me dan ganas de echarme a llorar.  Tan solo quiero decir una cosa a favor de los okupas estos, porque lo cortés no quita lo valiente, y es que por lo menos tienen algo de corazón, ya que me dejaron una maleta en la puerta con buena parte de mi ropa y mi cartera…  Lo que más me preocupa, de todas formas, es ¿dónde se habrá metido mi mujer?

sábado, 11 de abril de 2020

La Revolución Científica

ENRIC MERCADER

El tercer día volvieron a llamar a la puerta.  Volvió a abalanzarse sobre ella y a abrirla de sopetón.  Se topó con cuatro policías, una señora con cara de pocos amigos y la cabecita del director que trataba de ocultarse tras todos esos cuerpos.  Dos de los policías se abalanzaron sobre Enric sin darle tiempo a reaccionar.  Los otros dos entraron junto con la señora y el director que los seguía tímidamente, aunque señalando hacia el comedor.  Allí encontraron a las dos niñas adormiladas, con la tele encendida y una ingente cantidad de bolsas de ganchitos cubriendo la alfombra del comedor.

Mercader se acomodó como buenamente pudo en el suelo, bajo el peso de los dos fornidos policías que le aplastaban la cara sobre el pegajoso pasillo.  Unas pelusas vinieron volando desde debajo del radiador y se le pegaron en las fosas nasales provocando un extraño estornudo que hizo rebotar a los policías sobre su espalda.  Teniendo en cuenta que los policías son poco amantes de las atracciones y dando por supuesto que lo que acababa de suceder era más propio de un simulador de terremotos que de una persona humana que ha recibido el ataque de las pelusas asesinas, estos pusieron mayor empeño en inmovilizar a Enric.  Como consecuencia de la presión ejercida, las fosas nasales quedaron completamente taponadas y Mercader tuvo que entreabrir la boca para poder llenar sus pulmones de aire, con lo que consiguió dar una fuerte bocanada que arrastró un amasijo de pelusas hasta su tráquea.  Esto hizo que se revolviera entre espasmos, a lo que los policías respondieron con puñetazos y porrazos en los costados haciendo que, como si de una maniobra de Heimlich se tratara, saliera el amasijo de pelusas disparado.  Agradecido, Enric, permaneció inmóvil llorando por el alivio producido.

Los otros dos policías salieron del comedor llevando de la mano a las hijas de Enric: Quica y Luisita que, bajo los efectos casi lisérgicos que proporcionan tres días alimentándose de ganchitos, sonreían embobadas.  La señora con cara de pocos amigos se plantó frente a mercader sus sinuosas pantorrillas y entreabriendo las largas piernas se presentó diciendo que era asistente social y empezó a leer el acta de ejecución de la acogida de las niñas en una institución benéfica.


PAUL DEL POTRO, Teoría social de los neojemeres ocres
Sobre las relaciones sociales del neorural

El profesor Carmona expuso en su tratado sobre el orden colectivo, cuál era su concepción de las relaciones sociales del hombre de la nueva era, y lo hizo resumiéndolo en una contundente frase que rezaba:
“A los amigos el culo.  A los enemigos por el culo y al resto de la gente, la legislación vigente”

Frente a estas consideraciones, no puedo más que expresar mi más profundo desacuerdo.  Precisamente este tipo de actitud, así descrita, es lo que ha llevado a nuestra sociedad al desastre más absoluto.  Ha sido lo que la ha ido degradando a lo largo de los siglos, hasta conformar unas relaciones sociales insostenibles, en las que pesan mucho los lazos sentimentales o de afección y poco los sentimientos colectivos.

Para poder construir nuestro nuevo modelo de sociedad rural hay que romper con todo lazo afectivo.  Entendido por afectivo aquel que se deriva de lo que, en tiempos pretéritos se dio en llamar “el amor cortes”.  Hay que abandonar de una vez por todas esos lastres que nos impiden desarrollar todo el potencial que llevamos dentro y, que poco a poco, se ve mermado en favor de unas relaciones que no nos aportan nada positivo como sociedad.  Aunque en un primer momento nuestra individualidad se nos muestre reacia a abandonar los lazos afectivos, hay que ser lo suficientemente osado y transgredir el orden establecido en nuestro fuero más interno, para ser capaces de crear la nueva era desde unos nuevos cimientos de raciocinio.  La revolución rural debe comenzar por uno mismo, para que luego pueda extenderse al resto de los individuos hasta integrarlos en la comunidad, para que así la comunidad pase a ser el todo y el individuo se diluya en ella.

El primer paso es el de rehuir el enamoramiento.  Por tanto, conviene tener muy claro que el individuo no puede ver mermada su capacidad de decisión por el simple hecho de tener un lazo de amor con otro individuo.  El amor nos impide razonar y actuar de manera adecuada, ya que somos incapaces de anteponer el bien común a nuestra pareja.  La promiscuidad es un buen antídoto para comenzar a abandonar los viejos vicios relacionados con el enamoramiento.  Cuanto más sexo practiquemos con un mayor número de individuos, menores posibilidades de vernos abocados al enamoramiento.  Eso sí, hay que tener muy claro que, debido a siglos de dominio amoroso, tras cada relación sexual aparece algo parecido al enamoramiento que nos puede obnubilar.  Precisamente es contra eso contra lo que nos tenemos que revelar.  Lo mejor es, apenas acabada la cópula, salir huyendo sin dar tiempo siquiera a mirar los ojos del otro individuo.  Es el peaje que tendrán que pagar los pioneros del nuevo orden.




ENRIC MERCADER

Aún no había acabado de tachar el día sesenta y dos del calendario subversivo, que indica que nos encontramos en el mes del trasplante de las coliflores, y ha vuelto a sonar el timbre.  ¡El timbre!  ¡Es el timbre!  El rotulador sale disparado de tus manos y te abalanzas a abrir la puerta mientras, en un gesto de coquetería casi olvidada, tratas de ordenarte un poco el pelo.  Abres con la mejor y más sensual de tus sonrisas dibujada en el rostro y se queda ahí, congelada, al ver a dos tipos con aspecto de estibadores portuarios (si es que los estibadores portuarios se caracterizan por tener un aspecto determinado.  Pero se entiende ¿verdad?)

    ¿Enric Mercader?
    Sí, soy yo.
    Tendrá que acompañarnos.
    No, lo siento.  No puedo moverme de casa.  Estoy esperando a mi mujer y va a llegar de un momento a otro.
    Nosotros también lo sentimos, pero tiene que acompañarnos.  Vístase con algo decente si lo desea porque nos vamos enseguida.

Trata de cerrar la puerta, pero no ha calculado bien la fuerza de aquellas bestias y lo mermado que estaba físicamente a consecuencia de los recientes escarceos con Jack, de modo que entraron, arrojaron a Enric al suelo, lo esposaron, le vendaron los ojos y, a trompicones, le obligaron a bajar las escaleras.  No tardó en golpearse la cabeza contra las paredes de los descansillos.  Las rodillas tropezaban constantemente con los hierros de la barandilla y pese a todo, los gorilas insistían en la urgencia del traslado.  Hubo un momento en que, desorientado, trastabilla pensando que no va a hacer pie y va a caer rodando escaleras abajo, pero resulta que ya ha llegado a la entrada del edificio, con lo cual, al estrellar el pie derecho con tanto ímpetu contra el suelo, consigue que un fuerte dolor lumbar lo deje doblado sin apenas poder caminar.  Los dos fornidos muchachos lo toman uno de cada brazo y lo elevan un par de buenos palmos del suelo, haciendo así más rápido el acceso a un vehículo que está aparcado en la entrada.

No sé yo si quien lee estas líneas se ha visto alguna vez en la tesitura de tener que acceder a un vehículo con los ojos vendados.  Es una extraña sensación.  El tiempo transcurre de una manera atípica.  Parece que estés dando vueltas a un mismo sitio o que recorras un montón de kilómetros cuando en realidad apenas te has movido del punto de partida.  Vamos, que quedas totalmente desorientado.

Después de lo que a Enric le pareció una eternidad se detuvo el coche.  Sus amigos los gorilas lo arrancaron del interior del coche y lo arrastraron durante un buen trecho.  Había un ruido espantoso de motores.  Por un momento, Enric, piensa que se encuentra sobre un puente que atravesara una autopista o algo así y cree que van a arrojarlo sobre un intenso y veloz tráfico.  Tampoco le importa demasiado, al principio, porque conforme se van acercando al origen del ruido los esfínteres se aflojan y empieza a patalear y a llorar suplicando que no lo maten.


    ¡Cállate chalao! —dijo uno de los estibadores portuarios —Sólo vamos a subirte a un avión.

Mercader siente vergüenza de ser tan cobarde.  Creía que la vida sin su Luisa no valía nada y, ya ves, a la hora de la verdad se convierte en un pusilánime.

Lo suben al avión, lo sientan en una butaca, le atan el cinturón de seguridad y al cabo de una eternidad nota como aquello empieza a moverse.  Cuando ya llevan un rato volando le sueltan el cinturón, le quitan la venda y le quitan las esposas.  Entonces descubre que se encuentra en un avión privado bastante grande.  Bueno, en realidad no tiene modo de saberlo ya que, Mercader, no había subido nunca en un avión privado, pero, de todas formas, cree que es grande para ser privado, y cree que es privado porque en el avión o viaja nadie más que él y esos dos gorilas que lo miran como si les debiera dinero.

    Vamos —dice uno de ellos —Te enseñaré donde está el cuarto de baño.  Te das una ducha y te pones la ropa que encontrarás allí.  Apestas.

En lo que cuesta darse una reconfortante ducha caliente y embutirse un chándal que había allí preparado, suena el aviso de abrocharse el cinturón de seguridad.  Así que sale del baño, toma asiento y vuelven a vendarle los ojos.

El avión se posa suavemente, al contrario de lo que recordaba de sus últimas vacaciones en vuelo low cost.  Lo obligan a bajar del avión y lo meten en un coche, con lo que vuelve a encontrarse desorientado y sin capacidad de aproximar el tiempo que pasa hasta que el coche se detiene, mientras el olor a monóxido de carbono propio de los parkings azota las fosas nasales de Enric.  Se apaga el motor del coche y le quitan la venda.  Efectivamente, tal como había intuido, se encuentran en un parking.  Un parking como todos los parkings: sucio, pestilente, oscuro…  Toman el ascensor y tras ascender varios pisos se abre el ascensor frente a un pasillo flanqueado de innumerables puertas, pero se dirigen a la del fondo.  Todas las puertas son lisas.  Se diría que están hechas de baquelita de color naranja, pero la del fondo es de madera de roble, labrada con volutas y hornacinas que la hacen destacar más, si cabe, en medio de la austeridad que desprende el resto de pasillo.

domingo, 5 de abril de 2020

Miguelito


Despertó Miguelito sobresaltado tras la pesadilla que acababa de tener.  Trató de no pensar en lo que había soñado porque mamá le había dicho que, si no piensas en los sueños al despertar, no tardan en desaparecer de la memoria y realmente funcionaba.  En pocos minutos ya estaba a punto de volver a dormirse, cuando una sacudida le recorrió el cuerpo.  ¡Era domingo!

El domingo era el mejor día de la semana.  Ese día se desayunaban bollos de canela.  Si papá se animaba a prepararlo, hasta podría remojarlos en chocolate caliente recién hecho y, por si fuera poco, el domingo, bajaba a la plaza a jugar a la pelota mientras mamá y papá tomaban el vermut o “el aperitivo” como le gusta decir a papá cuando bromea haciéndose el viejuno.

¿Cómo volver a dormirse ante tamaña perspectiva?  De un zarpazo se despojó de edredón y sábana y de un salto se plantó en mitad de la habitación para salir corriendo a abalanzarse sobre los somnolientos progenitores que despertaron con un leve gruñido que fue tornándose sonrisa complaciente.

   Qué susto más gordo, Miguelito —dijo mamá— Ven, métete dentro de la cama.

Miguelito se acurrucó entre ambos y recibió a cambio, un fuerte abrazo de gorila y es que, papá y mamá, aprovechan cuando se pone entre ambos, para entrelazarse y darse un fuerte abrazo hasta que Miguelito empieza a resoplar asfixiado, entonces se sueltan y ríen los tres juntos.

Todavía les dio tiempo de echar una última cabezada antes de levantarse, desperezarse, hacer una visita rápida al cuarto de baño y desenvolver los bollos de canela mientras papá ponía la leche a hervir para cocer el chocolate.  Aquel, tenía todas las trazas de convertirse en un domingo memorable.

Lentamente, la cocina fue llenándose del aroma, primero de la leche caliente y después, conforme iba espesando, del chocolate.

Miguelito salivaba, mamá salivaba, papá salivaba y los bollos aguardaban tiernos y aromáticos en la mesa.

Tras el desayuno solo quedaba lavarse un poco, peinarse bien y enfundarse el traje de futbol, regalo del pasado cumpleaños, y sacar la pelota de la cesta de los juguetes.  Sentado junto a la puerta aguardó impaciente, rebotando suavemente la pelota contra el muslo, a que mamá y papá acabaran de acicalarse para salir a la calle.

Fueron hasta la plaza y allí empezó a dar patadas a la pelota para calentar un poco antes de empezar a probar cuantos toques era capaz de dar sin que la pelota cayera al suelo.

   ¡Qué bueno te ha salido hoy el chocolate!
   Va, lo que pasa es que como no cenamos debías de tener hambre.
   Que no, que estaba muy bueno.  Ni demasiado claro, ni demasiado espeso.
   A mi lo que me apasionan son esos bollos de canela.  Cualquiera diría que lo de los bollos de canela está un poco pasado de moda, pero es que en el horno de Petra los hacen tan ricos.
   Sí, es una pena que no haya más hornos de los de toda la vida.
Así transcurría la conversación entre mamá y papá mientras trasegaban “canutillas” de cerveza, que era como, bromeaban, para llamar a la versión más pequeña de la caña que servían en el bar de la plaza.

Miguelito ya estaba practicando y contando los toques.

   Siete, ocho, nueve, diez, jope —la pelota al otro lado de la plaza.
Otra vez.
   Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve diez, once, doce —récord, récord, pensaba al tiempo que se desconcentraba y llegaba el fallo.
La pelota salió disparada en el toque número catorce y rodó calle abajo.  Miguelito corrió con todas sus fuerzas tras la pelota, pero esta parecía tener vida propia.  No se sabe de qué manera fue doblando esquinas y adentrándose en aquellas callejas que rodeaban la plaza.  Para cuando alcanzó la pelota, Miguelito, estaba totalmente desorientado.  En un primer momento echó a correr sin más preocupación, creyendo que al doblar la próxima esquina encontraría la plaza; después creyó que sería en la siguiente y poco a poco se fue inquietando más y más.

   No veo a Miguelito —dijo mamá preocupada.
   Estará detrás de las columnas.
   Hace rato que miro.
Ambos se acercaron un poco preocupados hacía la zona de columnas y a ambos se les heló el corazón al comprobar que Miguelito no estaba allí.

   ¡Miguelito! —gritaban
   ¡Mamá, mamá! —gritaba Miguelito— ¡Papá, papá!

Llorando y chillando se dio cuenta de que alguien lo agarraba suavemente del hombro.

   Hola, ¿tú eres Miguelito no?  El hijo de Jose y Ana.
   Sí, señor— respondió entre sollozos.
   ¿Dónde están tus papás?
   No lo sé.  Estábamos en la plaza jugando y no se volver.
   No te preocupes.  Mira, yo vivo aquí al lado.  Vamos a casa.  Te lavas la cara y llamo a tus papás por teléfono para que vengan a recogerte.
Miguelito le dio la mano a aquel señor tan amable que le sonreía y lo siguió hasta una casa que había allí mimo, en esa calle donde lo encontró.

El señor amable abrió la puerta del portal cediéndole el paso a Miguelito que entró dando saltos ya reconfortado mientras se sacaba el abrigo.  El señor amable se desabrochó el abrigo, aflojó la bufanda y se arregló el alzacuellos sonriendo mientras oteaba a derecha e izquierda en la calle para después dar dos vueltas de llave a la puerta de entrada.